El Toconar
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Racimos de uva madurando en el viñedo de Santa Romina

La viña · 3 min de lectura

Cómo crece una parra donde llueve una vez cada diez años

La primera pregunta que hace todo el que llega es la misma: cómo puede haber un viñedo acá. Es razonable. Estamos en el desierto más árido del mundo, y a simple vista no hay nada que sugiera que algo pueda crecer.

La respuesta corta es que la parra no necesita lluvia. Necesita agua, que no es lo mismo, y necesita algo que en Atacama sobra: diferencia de temperatura entre el día y la noche.

El agua no viene del cielo, viene de arriba

El agua que riega nuestras parras es de deshielo. Baja de la cordillera, llega por los canales que el ayllu administra desde hace generaciones, y nosotros la aplicamos por goteo, planta por planta. Nada se evapora en el camino y nada se pierde.

Ese sistema de canales es anterior a cualquier viñedo. Es la misma infraestructura con la que los ayllus de Solor y Toconao han cultivado desde mucho antes de que llegara la uva, y la razón por la que acá hay oasis donde el mapa dice desierto.

Una parra con poca agua y mucho sol se estresa. Y una parra estresada, dentro de un límite, da mejor fruta que una cómoda.

Veinte grados de diferencia entre el mediodía y la madrugada

Acá un día de verano puede pasar de mucho calor a casi helada en la misma jornada. Esa amplitud térmica es lo que los enólogos buscan y casi nadie tiene en esta magnitud.

Durante el día la planta trabaja con sol directo y produce azúcar. En la noche, con el frío, frena su metabolismo y deja de gastar lo que acumuló. El resultado es una uva que concentra azúcar sin perder acidez, que es exactamente la combinación difícil de lograr en climas cálidos.

A eso se suma la altura. Más radiación ultravioleta hace que la planta engrose la piel de la uva para protegerse, y la piel es donde está el color y buena parte de la estructura del vino.

Lo que la aridez regala

Hay una ventaja de la que casi no se habla: acá prácticamente no hay hongos. Las enfermedades que obligan a tratar un viñedo en zonas húmedas necesitan humedad para existir, y en Atacama no la encuentran.

Eso significa menos intervención. No es una decisión de marketing, es una consecuencia del lugar.

Y sin embargo es frágil

Nada de esto es gratis. El agua de deshielo depende de la nieve de la cordillera, y esa nieve no es la misma que hace treinta años. El invierno altiplánico, que en verano deja las únicas lluvias del año, llega cada vez menos previsible.

Por eso el agua se administra entre todos. No es una decisión de cada propietario: el ayllu decide los turnos, y esa es la razón por la que todavía hay con qué regar.

Venir a verlo

Se puede caminar el viñedo. La Ruta del Vino incluye el recorrido completo con bodega y termina con una degustación en el mirador, y el programa Atacama Aventura lo trae incluido en el tercer día.

Lo que más sorprende no es el vino. Es ver las parras verdes con el salar de fondo y entender, parado ahí, que las dos cosas conviven.

La Ruta del Vino sale desde el hotel, con guía local del ayllu.

Ver la Ruta del Vino
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